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martes, 7 de julio de 2015

Milagros susurrados

Nunca fui un ángel.

Los ángeles no mueren, no sangran. No lloran. No son humanos con alas.
Hace mucho que olvidé como volar.

Paso horas arreglando un alma inexistente, un espíritu que perdió el aliento corriendo por el laberinto de sus decisiones. No puedo ignorar este juego y tampoco quiero.

Acaba de empezar, cariño, ¿Dónde está tu curiosidad? Llámame raro, ciego. Llámame lo que quieras.

Solo te pido otro milagro mientras me esfumo en cenizas. ¿Dije ya que estoy muerto? Recuerdo el gatillo, el respirar de la pistola. El ardor insoportable de tu mano en la mía.

Y la bala en mi pecho.

Un último milagro.

(Recuérdame)

Papeles en blanco

Estoy mirando el papel en blanco, los dedos tiemblan otra vez. Ojos extraviados en el laberinto de alguna mente olvidada, dolor de pecho que no se va aunque sude lágrimas.

Una vez más cansada de ser la fuerte; y dos gotas de lluvia se han colado en mis mejillas, dicen que no se van. Las han invitado mis pesadillas. Se abre el jodido suelo otra ves y me estrello de rodillas; quisiera llamarle, romperme para que me alegre con sus idioteces.

Maldita sea, niña, ¿Quieres aprender de una vez? Deja de oír al mundo, sube la música. Márchate. No estoy huyendo, o quizás sí. ¿Acaso a alguien le importa?

Juré no llorar hace años y me rompí hace unos pocos, la maldita presa que nadie se atrevió a arreglar se está secando poco a poco.

Es de esos días de invierno donde tienes los ojos mojados y el alma en ruinas, cuando te inundas por dentro y el agua no encuentra salidas. Se me está desmoronando el corazón como un castillo de naipes y soy yo la que ha soplado.

Soy esa vela que se ahoga mientras se va derritiendo por culpa de una llama más fuerte que ella, más poderosa.

Quizás no leas esto, quizás no sepas que decir, solo quería escribir que llevo semanas queriendo llorar y parece que se me ha olvidado. Tengo el corazón húmedo y la garganta rota, pero las mejillas en alerta por sequía.

Qué más da.

Hace mucho que me di por

                                              perdida.

Espacios

Unos segundos. Una mirada.

Escribo lo que nunca voy a ser capaz de decirte, lo que nunca sabrás que es para ti. Me aprieta el pecho y me arde el estómago mientras las lágrimas queman en mis ojos, muriendo antes de derramarse. Una sonrisa postiza pegada en la boca y los dedos rotos de sentimientos.

Dicen que soy fuerte y estoy muerta por dentro. Confié y ahora el mundo duele; todo se quiebra junto a mí.

Dame un minuto. Luego puedes olvidarte para siempre de mí.
Pero por un minuto, déjame creer que alguna vez me viste.

Aunque no hubiese amor en esa mirada.

Déjame creer, que en tu mundo perfecto, existe un pequeño lugar para mí.

Una de esas noches frías

Camina tambaleante por las aceras, apoyándose en las paredes cuando no puede aguantar más. Está helándose.

Tiene los pies rasgados y llorosos; el vestido, desgarrado y con crisis de identidad. Ya es de noche en algún lugar del mundo; y se acurruca en cualquier esquina bajo al abrazo del frío viento y la vigilante mirada de las estrellas.

O al menos las imagina. Malditas personas y sus luces de ciudad.

La niña resopla y trata de calentar sus manos, que se niegan a recibir algo del poco calor que le queda dentro.

La gente pasa sin dirigirle una sola mirada y ella esconde la cara entre sus cabellos, para que no vean sus lágrimas de desesperación.

No nota que no la ven porque está dentro de uno de ellos.

Es otra de esas almas rotas, ancladas en cuerpos que andan perdidos, sin ton ni son.

Anomalías Salvajes

El tiempo pasa indecentemente, dejando sus huellas en mi piel, mi cabello, mis ojos. 

Esos ojos verdes de niña inocente hace mucho que dejaron de ver el mundo, y ahora, unos color marrón sucio miran cansados a su alrededor. Ojos cansados tras gafas desgastadas, ventanas de un cuerpo dormido y un alma cada vez más vieja. 

El tiempo no perdona y yo tengo demasiados pecados. Viví demasiado lento creyendo que podría escapar y malgasté mi aire en suspiros. 

Ahora, vieja, cansada, quejumbrosa, veo caer las hojas en el agua y dejarse llevar río abajo. Una sonrisa en mis labios secos, aburridos y dormidos por el aire que los lame lentamente. 

El tiempo. Compañero traicionero que nunca abandona. 

Un segundo.
Algo de vida tras dos cristales sucios. 

Desaparece. 

Anomalías salvajes.


Soñé

Soñé que respiraba.

Mis pulmones se llenaban con tu perfume y el aroma del vivir. Soñé tu boca sobre la mía en una sinfonía de gemidos prohibidos y sabores olvidados. Soñe el latido de mi corazón, desbocándose por un roce. Soñé que soñaba contigo, sonriendo levemente, deslizando tu mano en la mía mientras yo enloquecía solo al verte.

Soñé tantas cosas que al despertar; fría y otra vez sola, con el sabor de tu boca impregnado en los labios y las cosquillas de tus dedos perdidas en mis manos, no pude contener las lágrimas que se suicidaron en el llanto.
Quién pudiera soñar eternamente, si así estoy a tu lado.

Amnesia

Te olvidé. 

Triste poema de pocas sílabas; correoso dolor recorriendo las venas de un cuerpo podrido en su interior. 

Te olvidé. 

Ojos que se cierran por miedo a sonreír, cuello tenso y duro esperando un golpe final. 

Te olvidé. 

Silbido en el aire húmedo, dos ríos surcando una tierra de piel, el sabor de la traición. 

Sí; te olvidé. 

Pensamiento peregrino frente a un espejo, mientras el reflejo se estremece. Una mano acaricia la mejilla fría e inexistente.

 Me olvidé.

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